Damián López y el desprecio ideológico contra los gays del PP

Damián López y el desprecio ideológico contra los gays del PP

Damián López y el desprecio ideológico contra los gays del PP

Hay una forma especialmente miserable de vaciar de sentido la defensa de los derechos civiles: convertirlos en un carné de obediencia política. Eso es lo que asoma en la polémica que ha estallado en redes alrededor de Damián López, dirigente LGTBI del PSPV en València, después de un comentario dirigido contra homosexuales que no encajan en la ortodoxia de la izquierda. No estamos ante una discrepancia normal ni ante una bronca menor de X. Estamos ante algo más revelador: el intento de decidir qué gays son válidos y cuáles sobran según a quién voten.

La controversia arranca con un mensaje publicado por Juanzo, en el que afirmaba: «Aprendan que ser gay no es una deuda moral con la izquierda». A ese mensaje respondió Damián López con una frase mucho más agresiva y excluyente: «Habría que prohibirle a todos estos gays que utilicen los espacios conquistados. Empezando por Jaimecito…». Después, Estanis Rodríguez recogió esa respuesta y la llevó un paso más allá en su denuncia pública: «Corre, empieza a prohibirnos algo si tienes narices. A mí el primero. No me escondo». La secuencia importa porque retrata con claridad quién lanza el comentario de tono sectario, contra quién lo dirige y quién decide plantarle cara abiertamente.

Y aquí está el primer problema serio para Damián López: no habla como un usuario cualquiera perdido en una madrugada de mala leche. La propia ejecutiva del PSPV València lo sitúa como secretario LGTBI, y el partido lo ha presentado públicamente en actos y mensajes como una de sus voces en materia de diversidad. En otras palabras, no es un espontáneo al margen de una estructura, sino alguien que ocupa una responsabilidad política precisamente en el ámbito donde luego lanza ese comentario despectivo. Cuesta vender lecciones de pluralidad cuando se responde con una patada verbal al primero que se sale del rebaño.

El perfil público de López refuerza todavía más esa contradicción. Distintas referencias lo sitúan como activista, deportista de alto nivel en taekwondo y figura vinculada a la representación LGTBI en València. Es decir, alguien que ha construido parte de su proyección pública alrededor de la defensa de la diversidad termina utilizando un tono de exclusión contra parte del propio colectivo. Ese giro no es una anécdota. Es el retrato de un problema político bastante más feo.

Porque el fondo del asunto no es solo Damián López. El fondo es una vieja tentación de cierta izquierda: apropiarse del colectivo gay como si fuera un patrimonio electoral. Mientras el homosexual útil repite consignas, aplauso. En cuanto uno rompe la fila, discrepa o se acerca al PP, deja de ser presentado como una persona libre y pasa a ser tratado como un traidor, un desagradecido o directamente un intruso. Es la diversidad, sí, pero con cláusula ideológica en letra pequeña.

En ese escenario entra Estanis Rodríguez, que no es solo el destinatario circunstancial de una pulla en redes. Su trayectoria institucional ligada al Grupo Parlamentario Popular en el Congreso refuerza su perfil político próximo al PP, su papel importa porque representa justo el perfil que incomoda a quienes han querido monopolizar durante años el relato sobre homosexualidad y política. Además, una publicación de El Mundo difundida en Facebook lo presentó con un titular muy expresivo: «El primer presidente gay de España será del PP». Esa frase explica bastante bien por qué su figura molesta tanto a algunos: no por extravagante, sino por simbólica. Rompe la idea de que ser gay obliga automáticamente a militar en la izquierda o a pedir permiso para disentir.

Y aquí está lo más interesante del caso. Estanis no es la noticia solo porque haya recibido un comentario ofensivo. Lo es porque pone delante del espejo a quienes repiten el discurso de la inclusión mientras practican una exclusión muy concreta: la del homosexual ideológicamente incorrecto. A cierta parte del activismo le encanta hablar de libertad para amar, para sentir y para vivir sin miedo, pero esa amplitud se estrecha de golpe cuando aparece alguien que dice: soy gay, no soy de izquierdas y no os debo obediencia.

Además, hay una ironía bastante gruesa en todo esto. Desde el PSPV de València se ha presentado a Damián López en mensajes públicos denunciando discursos de odio, defendiendo la lucha contra la LGTBIfobia y reivindicando espacios seguros para el colectivo. Precisamente por eso su comentario tiene más carga política. Cuando alguien que se envuelve en el lenguaje de los derechos pasa a sugerir que determinados gays deberían ser apartados de los logros del colectivo por su posición ideológica, no estamos ante un simple calentón. Estamos ante una incoherencia de manual.

La cuestión de fondo es bastante simple, aunque algunos se empeñen en complicarla. Los derechos civiles no se conceden a cambio de fidelidad partidista. El matrimonio igualitario, la visibilidad pública, la protección frente a la discriminación o la libertad para vivir sin esconderse no son medallas que una facción pueda repartir entre obedientes. Son derechos. Punto. Si alguien ocupa un cargo LGTBI y no entiende eso, el problema no lo tiene el gay del PP. Lo tiene quien cree que la causa le pertenece y que puede administrar el acceso como si fuera portero de discoteca ideológica.

Por eso este episodio merece algo más que una indignación de veinticuatro horas en redes. Merece una pregunta clara y bastante incómoda: qué entiende exactamente Damián López por diversidad, inclusión y respeto. Porque si en esa definición no caben los homosexuales que votan distinto, entonces no está defendiendo al colectivo. Está defendiendo una parcela del colectivo y expulsando verbalmente al resto. Y eso, dicho sin rodeos, se parece demasiado a la misma lógica de exclusión que tantos aseguran combatir. Solo que con otro uniforme.

 

Redacción Girona

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